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¡Al final tenía que suceder! ¿Qué te parecería que un montón de hombrecillos vinieran cada dos por tres a rebuscar en tus entrañas sin pedirte permiso? Parece ser que el Mundo de los Doce ha acabado hartándose y vengándose liberando algo... o a alguien...

—¡Kezapas! ¡Kezapas, responde, por Anutrof!

Marta parecía preocupada. ¿Qué le había pasado a su pobre escla... minero? Al ver a sus compañeros petrificados y atemorizados, se armó de valor y se dispuso a sumergirse en el horno que se abría a sus pies...

—¡Jefa, no lo hagas! ¡Es demasiado peligroso! El silencio de allí abajo anuncia la muerte.

—Guárdate tu cobardía para ti, Kebrillo: ¡yo jamás abandonaré a uno de mis hombres! ¡Jamás! ¿¡Me has oído!?
 

Con la delicadeza y la gracia de una bworka y bajo la mirada maravillada de Kebrillo, Marta bajó por una cuerda que la llevó directamente a las profundidades sulfurosas del Mundo de los Doce...

—Bendito sea Anutrof, ¡qué calor! ¡Estoy sudando como un tofu!

Marta aterrizó con violencia creando una nube de polvo.

—¡Cof, cof!

Frente a ella, paralizado y así, como poseído, Kezapas estaba tieso como un palo, con un libro abierto en las manos, con la misma mirada de estupor de un yopuka cuando ve una ecuación.

—Kezapas, ¿qué diablos estás haciendo? ¡Llevamos un rato llamándote!

Con los labios temblorosos, los ojos húmedos y la cara desencajada, Kezapas murmuró las siguientes palabras ahogadas en sollozos:

—Para qué salvar la vida cuando ves lo que hacen con ella. 

—Pero ¿qué estás diciendo, Kezapas? ¡Anda, déjate de tonterías!
 
—Un mal ancestral...
 
—¡Me estás asustando, ¿eh?! ¡Para ya!
 
—¡Los pecados de los dioses!
 
—Madre mía, ¡y ahora se pone a blasfemar! 
 
—Lo has abierto...
 
—¡Cierra la boca!
 
—¡Lo has ABIERTO!
 
—Escúchame, amigo mío, me vas a hacer el favor de cerrar ese libro viejo y polvoriento y de volver a ponerte manos a la obra. ¡Kezapas! ¡Te ordeno que te dejes de payasadas y me obedezcas!
 
—¡Lo has ABIEEERTOOO!
 

El enfado de Marta daba poco a poco paso al terror. Su acólito parecía estar poseído y preso de visiones poco agradables.

De repente, como si algo lo hubiera sacado de su modorra, Kezapas cerró el libro bruscamente. Detrás de la cortina de polvo que los envolvía a Marta y a él, se dibujaron poco a poco unas extrañas siluetas.

Sin embargo, no cabía la menor duda: todos los mineros se habían quedado en la superficie...