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El dinero no huele, dice el refrán. Sin embargo, el kama desprende un olor reconocible entre todos para los anutrofs, que son capaces de localizarlo a kilokámetros. Este olfato (y ese inquebrantable ánimo de lucro) es lo que los lleva a cavar, y cavar, y cavar, en las entrañas de la tierra. Hasta el punto de despertar, a veces, sus secretos mejor guardados...

Tras el aspecto de abuelita entrañable y más buena que el jalapán de Marta Palasola se esconde una anutrof más dura que el diente de un crujidor. Ya desde pequeña, le gustaba más un kama que a un niño un caramelo. Su hucha, que parecía la panza a punto de explotar de un puerkazo atiborrado, era la envidia de todos sus compañeros anutrofitos.

Hoy la anciana se hace llamar la anutrof que cava más rápido que su sombra. Una cualidad que, de hecho, le permitió ir ascendiendo con suma rapidez hasta conseguir el puesto de jefa del mayor yacimiento minero que el Mundo de los Doce haya conocido jamás.

—Verás, Cris Tahl, el mundo se divide en dos categorías: los que tienen pala de mando y los que cavan.

Apoyándose sobre su pala fetiche y mirando por encima del hombro a sus mineros, Marta se esforzaba en motivar a sus tropas para que siguieran cavando. A su manera...

—¡Venga, con más brío! U os ponéis las pilas, ¡o lo que cavaréis será vuestra tumba! 

—Qué mujer... Yo no sé tú, Forbank, pero a mí me gusta... Tengo la dentadura como un flan...

—¡Puaj, por los dioses, Kebrillo, cava y calla! Y, hazme el favor, guárdate tus fantasías cuestionables para ti, ¿de acuerdo?

Las palas golpeaban el suelo al compás, con un fervor y una determinación insuflados por una directora de orquesta cuando menos temible:

—¡Quiero ver cómo vuelan los trozos de tierra, quiero escuchar cómo se quiebra la roca, quiero sentir cómo tiembla el suelo hasta en los huesos!

A medida que cavaban, los soldados de Marta se iban acercando al centro del Mundo de los Doce. El calor se hacía insoportable. Aunque los tesoros amasados podían mantener a una familia entera de anutrofs durante varias generaciones, eso no bastaba para satisfacer a Marta, que, como buena ansiosa que era, quería más y más.

—¡Jefa! ¡Hemos encontrado algo!

—¿¡Cómo que «hemos encontrado algo»!? ¡Menos mal! ¡Para eso os pago! ¡Y no para plantar rábanos!
 
—Jefa, qué raro, ehm...
 
—Si no es dorado como el sol, me interesa más bien poco, ¡que lo sepas!
 

Mientras sostenía con fuerza su merkasako, apretando los dientes, Marta perdía la paciencia.

—¡Es un libro, jefa!

—¿Un libro? A no ser que tenga grabados iluminados que se puedan rascar, te lo puedes guar...
 

De repente, toda la tierra se sacudió, como si se estuviera despertando, hasta tal punto que los mineros y Marta se cayeron de culo, tratando como buenamente podían de recuperar su dignidad.

—Pero, ¿qué...? ¡Kezapas! ¿Qué ha sido eso?

En un ruido ensordecedor, brotó una luz de las profundidades de la tierra que cegó a todos a los que encontraba a su paso. Muchos creyeron que aquello era el fin y se escuchó gritar por allí y por allá:

—¡Tendría que habérmelo pulido todo en la taberna!

O, incluso:

—¡No pienso decírtelo! ¡No pienso decirte dónde lo tengo todo apalancado!

Pero, seguidamente, hubo un silencio profundo. Si bien algunos se alegraban de seguir con vida y le daban besos a su pala, su perforatroz o su vecino, abajo, Kezapas, no daba señales de vida...

 

Continuará...